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La fuerza del sauvignon / Hablemos de vinos

Es una fresca realidad que se sirve por millones de litros como aperitivo, para acompañar los cebiches y las corvinas asadas y los mariscos bajo perejil y ajo.


Aquí, abajo, en Santiago de Chile, estamos comenzando a vivir nuestra anual interpretación de la primavera. Alergias, por cierto. Y también un Sol tímido. Y te sacas y te pones la chaqueta y, de pronto, te ves en el patio, desempolvando la parrilla, como si algo en tus genes te llamara a hacerlo, como osos que se despiertan en sus cuevas.

Se siente el verano y es bueno: se acaba el smog, a uno le dejan de llorar los ojos y las brisas del Pacífico por fin se pueden empezar a colar entre las montañas. Las musas tetonas se deslizan por las montañas como borregos alegres y celestes, si es que eso existe.

Es la época, entonces, de limpiar la parrilla y pensar en pisco sour que, como saben, es peruano, pero nosotros no lo sabemos y lo hacemos propio, como si habitara en nuestros genes. También últimamente nos ha dado por pensar en sauvignon blanc que, aunque se trate de una cepa francesa cosechada originalmente a miles de kilómetros de distancia de mi ciudad y sin nada de chileno en ella,igualmente la comenzamos a hacer propia. ¿Y qué tanta cosa?, ¿es tan malo robar cuando uno no tiene asideros?

El sauvignon chileno que nace en las costas, moldeado por las frías brisas del Pacífico, tiene la consistencia y la calidad de las buenas intenciones, de los pensamientos de día domingo, después de misa. Hace un par de décadas, el sauvignon de clima frío en Chile -el de Casablanca, San Antonio, Limarí- no existía. Hoy, es una fresca realidad que se sirve por millones de litros como aperitivo, para acompañar los cebiches y las corvinas asadas y los mariscos bajo perejil y ajo. Y creo que hay pocas cosas mejores que la perspectiva de un domingo de primavera como el de hoy, con una mesa con cubetas llenas de hielo y botellas de sauvignon, y mariscos fríos con limón y ajos y perejil picados muy fino.

La vida de la gente costera es más bien simple. La vida del sauvignon en las costas quizás no tanto. Tiene que luchar para madurar entre las brumas matinales que te hacen cubrirte con frazadas si veraneas en la playa, la misma bruma que luego se transforma en brisa y que permite que esas uvitas medio verdes, medio rosadas, se conviertan en un vino que te lleva a las vacaciones. Hasta hace poco no existía, pero ya se ha quedado aquí, entre nosotros los santiaguinos, e incluso -y esto ya es en serio- ha llegado a opacar al pisco sour, lo que, en resumen, significa derribar una catedral gótica o escupirle al ejército romano en su desfile triunfal por la Vía Apia. Así es la fuerza del sauvignon chileno. Así es que, apenas salga el Sol, yo que ustedes iba al supermercado y compraba algunas botellas y, bueno, lo probaba. Bien helado, eso sí.

PATRICIO TAPIA

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